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Artículo publicado en «El Socialista», el 16 de enero de 2026 Pilar Alegría, secretaria general del PSOE de Aragón y candidata a la presidencia del Gobierno de Aragón |
La política democrática no es un fin en sí mismo. Es una herramienta. Un instrumento al servicio de la gente. De quienes no tienen poder, de quienes necesitan justicia, de quienes saben que sin lo común estamos solos. Para eso sirve la política y para eso sirve la democracia: para proteger, para garantizar derechos y oportunidades allí donde los privilegios nunca reparten.
Pero la política solo cumple esa función cuando se ejerce y se defiende. La democracia no se conserva sola ni se transforma por inercia. Necesita participación, compromiso y decisión colectiva. Cada derecho que hoy damos por hecho fue antes una conquista. Y ninguna conquista llegó sin implicación.
Cuando la política se vacía de participación, otros la ocupan. Cuando la mayoría se desmoviliza, gobiernan las minorías. Y cuando el cansancio gana terreno, quienes creen en los recortes, en la privatización y en la desigualdad avanzan sin resistencia.
Hoy Aragón está en uno de esos momentos. Un momento en el que la indiferencia no es neutral. En el que la desmovilización tiene consecuencias. En el que lo que está en juego no es solo un cambio de Gobierno, sino el rumbo entero de nuestra tierra y el modelo de sociedad que queremos defender.
Porque somos más quienes creemos en una educación pública que iguala y que genera oportunidades. Porque somos más quienes defendemos una sanidad pública fuerte, que cuide a las personas por lo que son, no por lo que tienen. Porque somos más quienes sabemos que proteger a quienes más lo necesitan no es un gasto, sino un deber democrático. Sí. Somos más.
Pero una mayoría que no se moviliza no gobierna. Una mayoría cansada no transforma. Una mayoría silenciosa no decide.
Durante estos años, Aragón ha sufrido un gobierno del PP sostenido por la ultraderecha que ha dado la espalda a esos valores. Un Gobierno de Jorge Azcón, más centrado en la confrontación permanente que en la convivencia, más preocupado por los intereses de unos pocos que por los derechos de la mayoría. Un Gobierno que ha debilitado lo público, ha normalizado el amiguismo y ha gobernado desde la bronca, el ruido y la ausencia cuando más hacía falta estar.
Frente a eso, yo os digo que hay una alternativa. Una alternativa valiente. Una alternativa progresista que cree en lo común, en la igualdad y en la justicia social. Una alternativa que entiende que gobernar es cuidar, unir y resolver; no dividir, imponer o señalar.
La izquierda aragonesa sabe bien lo que está en juego. La historia es clara. Cada vez que la derecha gobierna, los derechos se recortan, los servicios públicos se deterioran y la desigualdad crece mientras unos pocos se benefician. Cada vez que la izquierda se moviliza y gobierna, se amplían derechos, se fortalece lo público y se protege a la mayoría.
No. Esto no va de discursos. Va de vida cotidiana.
Va de listas de espera que se alargan o se reducen. De aulas llenas de futuro o de recortes encubiertos. De residencias que cuidan o que abandonan. De vivienda accesible o de expulsión silenciosa. De empleo digno o de precariedad normalizada. De pueblos que resisten o de pueblos que se vacían.
Va de si nuestros jóvenes pueden construir su proyecto de vida aquí o se ven obligados a marcharse. Va de si nuestros mayores viven con la dignidad que se han ganado. Va de qué Aragón dejamos a quienes vienen detrás.
El 8 de febrero no es una fecha más. Tenemos una cita con todo eso. Con nuestra responsabilidad colectiva. Con nuestra identidad como progresistas. Con la convicción profunda de que un Aragón mejor no solo es posible, sino imprescindible.
No basta con tener razón. Nunca ha bastado. Las transformaciones siempre las ha logrado la gente que se ha levantado y que ha decidido no quedarse al margen. La derecha lo sabe. Por eso confía en el cansancio, en que bajemos los brazos, en que pensemos que “no sirve de nada” o que “todos son iguales”. No les regalemos esa victoria. Los derechos nunca los conquistaron quienes se quedaron en casa, sino quienes salieron a defenderlos.
Y no basta con votar. La izquierda gana cuando moviliza, cuando contagia, cuando convierte la convicción individual en fuerza colectiva. Cuando cada persona comprometida habla con su entorno, llama a un amigo, anima a una compañera, recuerda en su familia que esta vez no da igual quedarse en casa. Que vale la pena una alternativa.
Por eso, este 8 de febrero, no solo votes. Moviliza. Convence. Acompaña. Habla con tus amigos, con tu familia, con tus vecinos, con tus compañeros de trabajo. Especialmente con quienes dudan o están cansados. Recuérdales que importa. Que cada voto cuenta. Que cada conversación suma.
La democracia no avanza sola. Avanza contigo.
El 8 de febrero, Aragón nos necesita.
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