La delgada línea roja

La peligrosa normalización de la crispación, el insulto y la intimidación a políticos y periodistas en España es una dinámica que degrada progresivamente nuestra democracia. Aunque el debate y la discrepancia de ideas son vitales para la sociedad, sobrepasar esa «delgada línea roja» mediante la violencia verbal y la deshumanización del rival amenaza con destruir irreversiblemente la convivencia social.

La delgada línea roja, dirigida por Terrence Malick, es, además del título de una muy buena película bélica, la referencia que todos (sociedad, políticos, medios de comunicación, etcétera), deberíamos tener grabada a fuego en la cabeza. Cruzar esa finísima línea roja, la que separa la convivencia democrática de la agresión, el insulto y el menosprecio, no se hace de un día para otro. Es fruto de una incesante labor de desgaste y enconamiento y de no poca permisividad social que primero ve con buenos ojos un insulto, después valida un empujón y acaba aplaudiendo una agresión. Es un enconamiento in crescendo que a muchos les genera hasta risa. El problema es que, un día, esa sonrisa se nos puede quedar congelada en la cara. Cuidado.

Ya estamos rozando esa delgadísima línea roja: políticos que escupen insultos en el Congreso de los Diputados (para la historia más vergonzosa de la Cámara Baja quedará el ‘hijo de puta’ de Ayuso), tertulias en las que ya no resulta extraño escuchar cómo uno le llama gilipollas al otro o ataques en redes sociales cuyo único objetivo es deshumanizar al contrario basándose en montajes hechos con IA… Hemos normalizado esos comportamientos que emponzoñan nuestra convivencia y quiebran la democracia.

Esta semana hemos vuelto a vislumbrar la línea roja: determinados grupúsculos de ultraderecha aprovecharon las concentraciones en apoyo a Ceuta para insultar, acosar y agredir a periodistas por el simple hecho de trabajar para determinados medios de comunicación. No puede haber excusa ni duda a la hora de condenar los hechos. Una manifestación es un derecho democrático. Informar sobre ella, también. Se puede criticar a un periódico, una televisión o una radio. Se puede considerar injusta una información, denunciar un error y exigir una rectificación. Lo que no se puede hacer es convertir al periodista que está detrás del micrófono en una diana. Eso no es protesta. Es intimidación.

No podemos tolerarlo ni debemos acostumbrarnos a que una reportera tenga que hacer un directo rodeada de personas que la insultan, a que un político sea asediado por el sencillo hecho de defender los valores y las siglas de un partido (y si, no hace falta ser de izquierdas
para reconocer que los ruines ataques a Pedro Sánchez y su familia, no tienen precedentes la historia de la política española) o a que una tertulia televisiva se convierta en un concurso de quién suelta el insulto más grave. No es inevitable que esto pase, no son gajes del oficio. No podemos permitirnos que dentro de unos años, y adaptando para mal el magnífico arranque de ‘Conversación en la Catedral’, nos preguntemos en qué momento se jodió España.

No, no se trata de exigir un consenso artificial ni de anestesiar el debate público. La discrepancia debe ser uno de los motores de la democracia. La confrontación de ideas, el choque entre modelos contrapuestos y la crítica son síntomas de una sociedad viva. El problema surge cuando la discrepancia se transforma en ataque, cuando el objetivo ya no es convencer ni vencer en el terreno de las ideas, sino aniquilar y destrozar moralmente al discrepante.

Sé algo de esa sensación. Alguna vez, caminando por la calle, me he colocado el pelo de determinada manera para intentar pasar desapercibida y ahorrarme un posible insulto. También he paseado con mi hijo mientras alguien me insultaba a grito pelado. Y os ahorro los múltiples calificativos que llegan a través de las redes sociales…

No lo cuento porque lo que me ocurre a mí tenga especial importancia. Precisamente al contrario. Lo preocupante es la cantidad de personas que podrían escribir hoy un párrafo parecido.

La convivencia no se sostiene de forma mágica; requiere un compromiso implícito por parte de todos con ciertas reglas del juego que hoy parecen cotizar a la baja. Exige la capacidad de reconocer en el otro a un interlocutor legítimo y no a un enemigo a batir. Exige, también, que el desacuerdo no destruya los lazos comunitarios mínimos sobre los que se levanta un país.

Las sociedades no saltan por los aires de forma imprevista; se desmoronan paulatinamente, piedra a piedra, a fuerza de validar la deshumanización del vecino, del que piensa de forma distinta, del que lleva un micrófono de un color determinado. Si algunos políticos siguen utilizando la crispación como táctica electoral de corto recorrido, si algunos medios alimentan la polarización como modelo de negocio y si los determinados ciudadanos asumen que la violencia verbal es solo «ruido de fondo», estamos preparando el terreno para fracturas mucho más profundas e irreversibles.

En la película de Malick, la guerra avanza mientras los hombres intentan no perder del todo aquello que les hace humanos. Nosotros todavía estamos a tiempo de no perderlo. Nos va la convivencia en ello.